
Fue una gran noche para el Centro: era un Centro con Teatro. Se llenó de gente que siempre anda bien cuidada, pero que, a pesar de eso, no suele llegar mucho por ahí. El Teatro Nacional estaba encendido, vivo por fin, y la gente que sí anda siempre por ahí, a pesar de que nunca anda bien cuidada, lo miró y lo admiró, admirados de tanta seguridad y gente con trajes. Yo llegué con un buen amigo, y los dos de traje claro está, porque así decía la invitación --que no era para mí (¡Gracias María C.). La invitación también decía que había que confirmar la asistencia llamando a un número, yo no confirmé, pero Roberto Salomón sí, pero dice que le dijeron cinco veces "le voy a pasar a la encargada (y a veces encargado)" y nunca encontraron a quien pasarle, pero llegó, igual que yo, con tarjeta en mano, porque así decía la tarjeta también, y en la mano me quedó, porque nadie me la pidió.
Nos sentaron en las nuevas butacas de la segunda fila de la gran sala, y desde ahí dimos el primer vistazo al teatro por dentro. Y vimos cómo volaban los pajaritos (literalmente) de arriba para abajo, como Juan por su teatro, y como disgustados por tanta luz, tanto ruido y tanta gente después de siete años de tranquilidad. También desde ahí vimos y oímos a Glenda Gaby, que acompañó a la Orquesta Sinfónica Juvenil (no quedó claro quién acompañaba a quién). La señora Glenda cantó y habló mucho, como ensayando para el homenaje propio que un día seguramente alguien le dará, pero esa noche no era de homenaje, a menos que fuera para los señores ministros de Cultura de Iberoamérica (¿desde cuándo Andorra es de Iberoamérica?) que se reunieron en San Salvador por décimo cuarta vez para platicar cosas de cultos, culturas y Conculturas de la región, y se dijo que en ocasión del cierre de tal encuentro cultural es que se pre-re-inauguraría el Teatro Nacional, cuya re-inauguración quedó pautada para octubre.
La señora Glenda terminó de cantar y seguía emocionada en su ensayo para el homenaje propio que un día seguramente alguien le dará, y el imponente telón se cerró, y aunque hubo intentos del personal de protocolo de Concultura de arengar a las masas a pedirle otra, otra, otra a la señora Glenda. Pero la otra, otra, otra se quedó para el homenaje que un día seguramente alguien le dará. Entonces no pasó nada más, solo unos minutos vacíos y el distinguido e inteligente público entendió que debía, por sí solo, levantarse y dirigirse al foyer y al gran foyer a degustar del vino, los canapés y la tertulia: "que si no era el tipo de espetáculo", "que por qué no", "que tan bonito que canta", "que no era el lugar", "que lindo tocan los niños estos", "por cierto, que bonito quedó el teatro"...
Nosotros nos dedicamos un rato a recorrer el Teatro Nacional, subimos por las escaleras hasta la tercera planta a disfrutar de otro foyer, bajito y solitario, de la pequeña sala y sus camerimos y balcones, del feo pero histórico piso del tercer piso, y de la platea de la tercera, con todo y el vértigo. Paseamos por los palcos, nos sentamos en las nueva sillas que ya no chillan, y le tocamos los pezones a las esculturas que flanquean el palco presidencial. Nos asomamos a la terraza exterior, y entre la columnata saludamos al director de Patrimonio Cultural –que se retiró temprano de evento– mientras esperaba a su vehículo y su chófer en la acera de la plaza Morazán. No nos queríamos ir, pero el vino se terminó temprano, los canapés un poco después y la tertulia no podía durar mucho más con hambre y sed.
Quedó cerrado el Teatro Nacional nuevamente, pero hoy con promesa de apertura el próximo octubre. A ver si entonces podemos ver un obra de teatro inaugurando el teatro. Pero, por ahora, quedo otra vez el Centro sin Teatro.
La foto es de los fotógrafos de El Faro, parte de su estupenda galería Grafos.

